Plaza San Martin




La parada, cuatro aeme, un amigo,

corazones rojos, la ternura de un encuentro,

esta ciudad siempre está viva,

arañando, dejando espacio para decirle:

¿es que acaso no puedo verte y sonreír?



Esta ciudad siempre está viva,

dos tipos quieren un par de cigarros,

y no hay miradas, y no hay bolsillos,

mirarlos lentamente, buscando el bulto

que esconde el filo.



Cuatro aeme, un amigo, arañando,

aún me resuena, «mi mamá murió»,

esta ciudad siempre estará viva,

es que acaso, «cuando tenía once años»,

la electricidad es también una sangre,

«prefiero pedir que andar robando»,

vengo de un país donde la vereda

es para los que andan bien vestidos.

Sentir, «¿tienes unos cigarros?», nunca

es un problema, amigo, es ella

«mi papá lo perdí hace tiempo»,

tengo familiares en rehabilitación.

Es que acaso no puedo verte y sonreír,

«yo encuentro entre la basura».

Aquí tienes dos cigarros, buena suerte,

ojalá no pases frío:

«¿Sabes lo que es ser analfabeto?»





«Mi mamá murió» y la comida

siempre estará fría,

«cuando tenía once años»,

escribí en las paredes, después

quemé un par de basureros,

«mi papá lo perdí hace tiempo»

sin palabras, sin aviso

«mi hogar no tiene techo», mi ropa

no tiene nada que ver conmigo.



¿Tienes dos cigarros?

¿Murió tu madre cuando el equilibrio

era quitarle unas ruedas a la vida?

¿Cuándo fue la última vez

que pudiste recordar la cara de tu padre?

¿Sabes lo que es ser analfabeto?

¿desearle buena suerte?

¿escribir un poema para no olvidarlo?

Si la mejor felicidad que logré entregarle

fueron dos cigarros y poca plata:

¡Sabes lo que es ser analfabeto!




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En: Antología Bloque, 2016. La Fuerza Suave, pág. 32.
En: Revista Equis, número 2, Agosto de 2016, página 24.


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Esto de leer en Buenos Aires ( #7 2016 )

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[Poema + Audio] Detenido



Quieto, tranquilo, que nada va pasar,
quieto, que es útil, los días están contados
y si tienes gas en la mirada
y palos marcados en el cuerpo,
no importa tanto, es otro día,
que la rabia se pasa mejor sentado;
no digas nada de mi,
no te mires al espejo a llegar a casa.
discute entre los tuyos, a guarida
y con los pies calientes, ordenados
y bien dispuestos, quédate en tu cubil
participa de la manada, muéstrale los dientes
a todo el que sea de la sospecha,
híncate el pulgar en la garganta,
y no nos alces la mirada: a nosotros no,
con nosotros no.

Quieto, tranquilo, hay un tribunal,
es un juego divertido,
la rabia se pasa mejor sentado,
y es fácil entrenar el cuerpo
marcando nuestros nudillos,
déjalo, el aire está sobrevalorado,
la calle podría ser bien, un bien caro,
quieto, ahí tranquilo, no saltes,
no grites, no llores:
ya nos haremos cargo,
todo a su tiempo, los días están contados,
no prendas tu sentimiento, no tengas heridas
que puedan ser declaradas, no corras,
no lances ni encumbres, no defiendas,
no carcomas mi nombre,
no digas nada de mi, mejor
no llegues a casa,
no abraces ni digas palabra,
pierde tus papeles y tu estela
quémala en un sitio eriazo:
calla y escucha,
claudica y sigue,
no tenemos miedo,
sonríe con nosotros,
cancela todas tus penas,
no ves los felices que estamos todos.

Quieto, tranquilo, que nada va pasar,
quieto, que es útil, los días están contados
y si tienes humo en la mirada
y palos marcados en el cuerpo,
no importa tanto, es otro día,
que la rabia se pasa mejor sentado;

Quieto, tranquilo, alto ahí.

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[Poema + Audio] Tristeza




No sé escribir poemas de la tristeza,
quizás sí, de la rabia, algunos otros
de las penas de este mundo;
un par de la aventura o la adolescencia
de la piel sobre los huesos,
del rostro entre los ojos.

He escrito sobre la soledad,
pero no la tristeza de estar solo:
qué palabra poner en una tumba,
que verso dice el árbol muerto.

He escrito mitologías personales,
pero no la tristeza de su ausencia:
si digo tierra, jamás serán esas tierras,
si digo noche, quién cree como yo en ella.

He escrito sobre el amor que amo,
pero no la tristeza del deseo,
el lado oscuro de la fantasía y la promesa
de un buenos días terrible, inusitado.

No sé escribir poemas de la tristeza,
pero la siento en la espalda como una piedra,
en el pecho como una marea tibia y morada,
en cada gesto, blandos restos de petroleo,
y en mi mente, susurros bajo el agua.

No sé escribir poemas de la tristeza,
me quedan una o dos mañanas de llanto,
pasos tranquilos por calles ateridas,
cafés que se enfrían por la tarde,
y la mueca torpe de la palabra
que desconozco y me pronuncia el día.

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Esto de leer en Buenos Aires ( #6 2016 )


Organizado con mis compañerxs de Verbo Irregular
[La imagen de difusión es de mi autoria]

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